jueves, 24 de noviembre de 2016

Lugares en la misma calle

Lugares en la misma calle

He notado  algo, y no ha sido la primera vez, pero esta vez lo he pensado con más atención: la calle nunca ha sido la misma. Bueno, físicamente parece la misma, nuestros ojos indican que la calle cementada será cementada mañana y al día siguiente y al siguiente hasta que alguien se dé cuenta que el pavimento esté deteriorada, es decir, después de cinco años más o menos. Pero, más allá de lo que es visible a nuestros ojos, es lo metafísico. El ambiente de la calle cambia constantemente, que ni siquiera nos damos cuenta; un día estará solitaria y el siguiente estará lleno de alegría; otro día estará olvidada y el siguiente recordada como una de las más significativas. Obviamente, el ambiente aplica según las personas que la conforman, y así, tanto físico como abstracto, se trasmuta simultáneamente. Es como  dijo Heráclito, y en otro tiempo y con diferentes palabras, el buda:

-“Nadie se baña en el río dos veces, porque todo cambia en el río y en el que baña”

Vuelvo a repetir, me he dado cuenta que la calle no ha sido la misma, y quiero explicar el porqué de todo esto. Ella me ha gusta y me ha gustado desde siempre, y tal como lo explicó Heráclito también lo digo, se ha trasmutado ese “me gustas” a muchas maneras, y eso empezó justo en esa calle que me deja así de loco, porque ahí empezó la trasformación, el cambio de las cosas para verlas de otro punto o de muchos puntos de vista. Bueno, quiero decir que en esa misma calle, con la misma persona, me ha pasado mucho y en muchas situaciones; en cada día yo no era yo, ella no era ella, la calle no era la calle, y el maldito ambiente no era el mismo maldito ambiente, todo se fusionaba y me hizo pensar en cómo hizo para que el destino jugará el ajedrez y saber cómo fue el producto de todo esto: nosotros.

He ido cuatro veces a esa misma calle y en cada una fue impresionantemente distinto. Ahora entiendo cuando dicen que las calles tienen historias que contar. Gracias a dios las calles no hablan. Bueno, iniciaré contando la primera vez y después la siguiente, para ver la metamorfosis de esta cuestión fantástica. Empezaré ahora.


Primera vez.

Nos quedamos en vernos en la feria del libro, te esperé como veinte minutos y llegaste toda apurada por el atraso. Entramos a la feria y lo que menos hicimos es ver libros: nos quedamos hablando dando vueltas por todos los stands. Después, te invité una cerveza colombiana, no me acuerdo cuál fue pero estaba rico. Así empezó. Tomamos un poco y seguíamos hablando de todo un poco. Yo di mi iniciativa y luego ella. Me dijo que por el centro hay un bar entonces fuimos juntos, dejamos la feria y caminamos toda la Salaverry hasta llegar por el Parque de la exposición; nos fuimos más al fondo y llegamos a esa calle por primera vez. Oh, esa calle que solo la vi de reojo, pero ahora sería diferente. La caminata duró como una hora y ahí fue todo el proceso. Llegamos al bar, era uno subterráneo parecido a una cueva. Bailamos y tomamos y seguíamos bailando. Después de tres horas, al salir juntos, con alcohol en nuestras cabezas, éramos extraños, todavía no nos conocíamos. La acompañé en el bus, la dejé en su apartamento, ella me dio las indicaciones y yo todo confiado pensaba que iba a encontrar bus: no encontré ni personas. Caminé unas cuadras donde circulaba carros y tuve que usar taxi a tres soles de un viaje que son de veinte: el taxista me salvó la noche.

Esa calle no me acuerdo casi de nada, para mí era todo oscuro, apenas había luces, no le paraba bola su importancia, era la primera vez, me daba lo mismo. Era superficial porque no pensé que se repetiría aquella escena, y las cosas se dio tal como la diosa del destino juega con nosotros, o como esas brujas que nos enredaron con sus hilos: es imposible planear algo que no está en nuestro alcance. Es decir, nada está en nuestra alcance, todo es azar, coincidencia o como lo quieran llamar.


Segunda vez.

Esta vez, creo que había pasado dos semanas o tres. Nos encontramos en el parque de exposiciones, ya no éramos tan extraños, apenas conocidos. Hablamos como siempre, pero de temas cada vez diferentes, con más confianza. Caminamos alrededor del parque, vimos los patos y los peces y también caminamos por la calle. En una de esas, fuimos a comer un postre por un restaurante que queda en no sé dónde, la cosa es que comimos, yo pedí la cuenta y nadie me prestaba atención. Nos paramos de la mesa, fuimos lentamente del lugar y cuando ya pisamos pavimento nos fuimos corriendo sin pagar, como par de niños traviesos que pensaron que causaron el peor de los delitos. Me divertí mucho. Después, caminamos un poco más y llegamos otra vez a la misma calle; esa calle donde pasamos en la anterior salida. En la segunda vez sí presté un poco de atención: hay casas antiguas, en la mayoría lo usan para bares, hay faroles que sirven, otras que no; había una parte totalmente oscura, ahora recuerdo porque dije que todo era oscuro en la primera. Bueno, entramos al bar, bailamos y tomamos y bailamos mucho más. La diferencia de este día con el primero fue el contexto. Yo no podía quedarme mucho tiempo y ella sí, pero no podía dejarla sola, me sentía responsable. Entonces discutí con ella dentro del bar y después afuera, caminamos discutiendo, las calles me parecía más lúgubre con un trasfondo  sin color, veía más las luces de los carros y la gente mirándonos de la nada, como si estuvieran escuchando todo. Seguíamos discutiendo, juré no volver a verla porque ella me dijo algo parecido. Llamé el taxi, a pesar de la discusión, la acompañé, me fui con ella en taxi, no hablamos en el recorrido, la dejé a su casa, nos despedimos sin despedirnos y yo me fui para mi casa.

Al día siguiente, le envíe un mensaje diciendo que lo siento. Ella también y dijimos en parte lo que pensamos y lo que sentimos. Qué ironía que después de aquella noche la conocí más, y nos unió mucho más que la primera vez.


Tercera vez.

Ya había pasado un mes, diablos, el tiempo vuela. Yo la veía dos veces por semana, en rara ocasiones, tres. Quedamos en vernos un jueves a las cinco de la tarde, entonces, ¡de una! Cuando llegó el día y la hora, la esperé afuera de la universidad, y cuando ella llega, veo que trajo a sus amigos, no esperaba eso, quería estar con ella a solas como si fuera mía, sí, hecho el posesivo. Pero no me importó, más bien, mejor, ahí podía saber qué tal éramos o era ella frente a ellos. Nos fuimos en bus para pasar por esa misma calle, la cosa es que era la tarde y no había nada de emocionante (el bar estaba vacío), entonces esperamos hasta que sea de noche, tipo siete de la tarde más o menos. Cuando caminábamos por esa misma calle, nosotros al disimulo cogíamos nuestras manos, caminábamos en una calle así y en la otra calle con nuestras manos sueltas; como que en una sí, en la otra no, en otra sí, en la otra no. “Sí me quiere, no me quiere, sí me quiere, no me quiere” – se acabaron los pétalos de una rosa. Qué pena. Pasamos creo que por la Plaza San Martin y bueno, fue chévere estar con sus amigos. Cuando cayó la noche entramos al bar, bailamos, tomamos, quise acercarme un poco a sus amigos, y bueno, no sé cómo lo tomaron, además de que tomaron alcohol obviamente, menos una amiga de ella; le dio dolor de estómago, creo que era en la cabeza, la cosa es que tuvimos que dejar el bar más temprano que en las dos primeras veces que salimos. En esta tercera vez fue tranquilo, nos estábamos conociendo, la empezaba a querer más y ella a mí. Las calles eran menos grises a pesar del color del cemento, creo que había más luces, la parte oscura que dije antes seguía siendo oscura, fue un momento tranquilo que me hizo pensar que esta calle me está conociendo también. La amiga con dolores y ella se fueron en taxi, y yo me fui caminado con el amigo; él tomó su bus y yo el mío, llegué a la casa y me dormí con una sonrisa entre la soñolencia. La estaba conociendo, ella a mí, la calle a nosotros, y nosotros a la calle. En esta todo ha sido normal, y me gustó.


La cuarta y última vez (por ahora)

Esta última vez, ni se diga, fue la mejor de todas. Nos encontramos por la tarde en el Parque de exposiciones, le decía que aquí fue que nos conocimos, si no fuera por este lugar, el Mali, nunca estuviéramos juntos. Ella me sonrió y me besó. Caminamos, queríamos ir al cine pero estaba lleno en el centro comercial, entonces nos fuimos más al fondo y… resultó que los cines estaban cerrados, ¡Ash!, bueno, a seguir caminando, algo que ella no quería porque ya estábamos así hace media hora. Nos perdimos un rato por el centro y al querer volver a la misma calle encontramos un lugar para comer postre, entramos, comimos postre, hablamos, nos tomamos fotos, sonreíamos, nos contábamos recuerdos entre sí, yo de cuando era niño, y ella también, sobre música, sobre el afecto y cosas que no diré en este escrito porque son personales (ja-ja). Vimos la hora para ir al bar y dejamos el sitio, caminamos un rato más y llegamos a esa misma calle. Recuerda que una cita con ella es una cita con la calle; nos conocemos entre los tres. Cuando vi la calle, me sentí familiarizado, me sentí muy tranquilo, me valía un carajo si me robaran, aunque, lo único que me robarían es el celular de ella ya que ella no tiene bolsillos. Bueno, entramos al bar, digo, a la cueva. Bailamos como nunca, en serio, fue increíble, tomamos una sangría, hablamos, nos besamos y bailamos, bailamos y más bailamos. Me acuerdo que en la primera vez que bailamos lo hacíamos bien entre nosotros, en la segunda también, y en la tercera y no sé cuántas veces hemos bailado, pero en esta, en esta sentí que éramos uno. Yo no sabía bailar, ella me dice que tampoco sabía pero para mí sabía, y juntos y en esta vez, bailé como nunca con ella. Me encantó, salimos felices. Me tenía que regresar antes de que el bus dejará de circular, pero aun así, me encantó ese día. Salimos el bar muy felices como dije, salimos abrazados para llegar por el Parque de las exposiciones, para mí en la calle había luces por todos lados, igual, lo ignoraba, me sentía bien estar abrazada con ella caminando en la misma calle que nos hizo conocer. El ambiente estaba bonito, solo falta que este color de rosa, pero no, suficiente que este con su color real. Me sentía feliz y solo por eso veía muy bonito la calle, la calle me sonreía, mi enamorada también, y yo a ella cada vez que la veía y la besaba. Es verdad lo que dice Heráclito, las calles, el ambiente, la persona, tú y yo: todo cambia. Todo cambia y se trasmuta, y durante esta cuarta vez me di cuenta que seguiríamos cambiando. Por eso, espero una quinta porque me encanta todo esto de vivir cosas diferentes en el mismo lugar, y le debo todo a ella. No, una quinta no, mejor una sexta, una séptima, ¡hasta siempre!

Caminamos en la misma calle que nos conoció, la besé en esa calle que la conocí, lo mismo en el parque, lo mismo que en todos los lugares que pasamos por primera vez. Solo sé algo, y lo he aprendido durante este año, y lo que he aprendido es que “Todos los caminos conducen a Roma”, y es cierto, pero en este caso particular es diferente:

Todos los caminos nos conducen a la Jirón de la Unión.

Jirón de la Unión, cerca de la plaza San Martín.



Pero Mali, Oh Mali, en la dulce Mali fue todo. Calle Salaverry, centro, cine, cafecito, tutti fruti, Morrita, clases de psicología, todo se unió. Pero siempre volveremos a bailar como nunca, porque espero la quinta, la sexta, la séptima, mientras sea en la misma calle, con la misma persona; pero esta vez, en serio, va a ser distinto.


22 de noviembre del 2016


Nombre: Erick Hernández
Facebook: El antropófago imaginario

jueves, 17 de noviembre de 2016

Un olor extraño

Un olor extraño

-Ya es muy tarde, tengo que alistarme para ir al trabajo.

Apaga el despertador y mira el techo con los ojos cansados.

-cha madre –otro día más, miércoles, la mañanita es la peor de todas
.
Da una o dos vueltas, rueda un poco en el colchón mientras por afuera, en la calle, se escucha el ruido de una moto acelerar.

-El primer paso es el más difícil y… ¡listo! –recién Joel se acaba de levantar, eliminando las desganas de una vez, para así iniciar su nuevo día.

-Bueno, a vestirme.
Se puso una camisa roja con un logo en el pecho y un pantalón negro.

-Veamos… a comer una fruta… a ver… sí hay. Y ahora, mmm… bueno, con chicha morada, porque leche no hay. No hay casi nada en la refri mejor dicho. Cuando termine mi turno compraré lo de siempre y un par de cusqueñas para refrescarme.

Después de desayunar, se cepilla los dientes, se guarda el gorro en su maleta y se va para el trabajo dejando su apartamento solo.

Joel vive en Surco, le tocaría coger bus y pasarse por toda la Benavides hasta llegar a Miraflores, luego, camina unas cuadras en la Av. Larco para así llegar temprano a su trabajo que queda en un centro comercial que está a lado del mar; es bonito el lugar, muchos turistas van a visitar para apreciar los jardines y obviamente, el mar. Toda esa travesía le tardaría, dependiendo del tráfico, cuarenta y cinco minutos, máximo una hora. Después de llegar, bajaría unas tres escaleras para llegar al primer piso, y después bajaría otra escalera para entrar a Multicines, donde él trabaja todos los días. Ese lugar queda al fondo, en las profundidades del Hades, es medio subterráneo, un ambiente muy tranquilo para ver películas en silencio sin que nadie te moleste. Joel estaría en un día cualquiera de trabajo, un miércoles donde la rutina se siente en el aire, por ser día laboral pues claro. Llegaría a las nueve de la mañana para alistarse y limpiar las salas de los cines, pero antes le tocaría a registrarse para que no digan que él llega tarde como en algunas ocasiones; ya está adaptándose a los protocolos de trabajo. Después, iría al sótano, sacaría los accesorios de limpieza y así empieza su día, en un día donde un sueldo básico de nueve cientos soles mensuales no alcanza ni para subsistir, igual, estaría poniéndose de su empeño como siempre.

***
-Qué tal Esperanza, ¿Por qué tan apurada?

-Hola, Joelito. Es que mi jefe me pidió que hiciera algo. Hablamos más tarde.

-Ah, tranquila nomás, hablamos después.

-Ah, sí, se me olvidaba. Limpia la sala seis, ahí hubo ciertos problemitas por el aseo, tu sabes… niños.

-¿Otra vez?

-Ni te imaginas. Cuando cumplas un año aquí, te acostumbrarás.

-“Qué bonito”

-Lo sé, nos vemos.

-Qué buena forma de empezar el día –pensó Joel.

Pasó por aquella sala y antes de entrar, percibió un olor, como estuviera suelto y se escapará a otro lado y ahora está invisible a nuestros ojos, pero sí perceptible con nuestro olfato. Miraba a los otros y observaba que nadie se daba cuenta de aquel olor que le parecía sospechoso.

-Bueno, ya qué. Quizás sea el popcorn.

Joel entró a la sala de cines y el olor era más fuerte; aun así lo ignoró y siguió trabajando. Empezó a limpiar las cochinadas que dejaron los niños: la mugre de los chicles, una gaseosa regada que al anterior asistente se le olvido limpiar y marcas de saliva en la tela de las sillas, mientras otros estaban instalando una nueva película y verificando que las cintas estén en buen estado. Su trabajo era simple y con eso se ganaba la vida, además, tenía planes para su futuro: comprar una casa, estudiar, establecerse económicamente, cosas que cualquiera quisiera desear al demostrar su independencia. Este trabajo era un inicio importante para seguir adelante con su vida, ya que, como él siempre se decía:

-peldaño por peldaño se construye la escalera –empezaría a trapear el piso, y después a restregar las sillas.

Mientras Joel trabajaba el olor se movía a escondidas en el silencio. Él dejó la puerta abierta para ventilar y de ahí el olor se escapó para esparcirse a otras áreas; caminó a la sala dos, después al uno, después, fue a los baños donde se entró por los conductos. Por el momento había conquistado cinco salas, marcando territorio con la pestilencia, es como si fuera una plaga de mala muerte quienes los que protagonizan son ratas invisibles, o ratas fantasmas. El olor ha pasado por todos los rincones del cine, y Joel todavía estaba limpiando silla por silla sin que se diera cuenta de la invasión hediondo que padecía el lugar. Los empleados no se percataban de esa aroma rancia, ni siquiera se preguntaban de dónde provenía. El olor seguía su curso y todo el mundo estaba trabajando como si fuese un día normal, moviéndose a un lado a otro para dejar todo en orden, antes de que empiece la función. Después, la muerte invisible se acercó poco a poco, levitando en el aire, ya habiendo tenido todo el control en sus manos, de pies a cabeza, le faltaría marcar un territorio no explorado, el último que quedaba para concluir con su objetivo. Se acercaba cada vez más. Joel ya había terminado de limpiar la primera sala y los otros empleados se estaban organizando para abrir a las diez.

-Los niños deben estar emocionados por el estreno de esta película –pensó al mirar la pantalla gigante de la sala seis.

Se acercaba con sus huellas sin marcas, poco a poco, deslizándose entre la nada, hasta que, al penetrar por los aparatos electrodomésticos, sobre todo por la máquina de hacer popcorn; un aparato enorme que puede servir a más de treinta clientes al mismo tiempo, se apoyó en ella para esperar el momento indicado. Todos ya habían dejado listo para abrir las puertas, solo faltaba la señal, unos estaban charlando entre sí como cosa de rutina. Uno se acercó para prender la máquina de popcorn, y al mismo momento de hacerlo, al sentir ese roce, pudo percibir ese olor pasando por los pelos de sus fosas nasales; Joel no era el único que lo presintió. En ese tiempo congelado, esa química de interacción de partículas que, al chocarse con una agresividad, el olor más la electricidad, sobre todo, el peor de todos los detonantes: una chispa de fuego, todo eso causó una explosión  en cadena, siguiendo todos los rastros que dejó el olor maldito: los conductos de ventilación, las salas, el lugar central, todo era volátil. Las sillas eran inflamables y se incendió sin que Joel tenga tiempo para mirar atrás, ya que estaba viendo con aspiración a la pantalla gigante. La sala central se llenó de humo por la combustión que estaba causando las mismas sillas, todos corrían, había pocas salidas, el Hades se estaba convirtiendo en un tártaro. Todo se trasformó en menos de un microsegundo en un caos; un vacío donde nadie podía respirar. Pasó veinte minutos antes de abrir el centro comercial.

***

Una niña de diez años estaba sacando a su perrito por la Av. José Pardo, al pasearse un rato por el parque vio un camión de bomberos corriendo con agresividad con la bocina encendida.

-¿Bomberos tan de mañana? Qué raro.

Después de cinco minutos, la niña estaba regresándose para su casa. Al instante, en el camino, pasa otro camión de bus con el mismo estado que el primero, sí, así de apurado yéndose a toda marcha.

-¿Otro más? En serio, ¿qué estará pasando? –la niña lo ignoró y siguió de largo para regresarse a su hogar.

Ya estaba en el cemento, y después de dos minutos llegó a la puerta de su casa, timbró para que su mamá le abriera la puerta, y al esperar pasó un tercer camión del mismo.

-¡Algo está pasando, algo está pasando!

La mamá abrió la puerta, el perrito se entró de una para la casa y la niña se la veía con cara angustiada, quedándose algo paralizada.

-¿Hija, qué te sucede?

-¡Algo está pasando, algo está pasando!

-¿Qué cosa?

-¡Bomberos! ¡Bomberos!

-¿Bomberos?

-¡Sí, bomberos! ¡Pasaron tres hace poco!

-Entra a la casa ya, estás más protegida adentro que afuera. Te serviré un poco de leche para que te tranquilices.

-Pero, mamá…

-¡Vamos, vamos! ¡Entra ahora!

*La niña entró e ignoró lo sucedido*

***

Llegaron tres bomberos para al centro comercial para apagar el fuego. Todo estaba nublado de humo negro, negro como el petróleo, no se veía el mar y tampoco los edificios, y no paraba de esparcirse por todas las calles. Los bomberos empezaron a usar las mangueras para apagar el fuego poco a poco, mientras los policías estaban botando a la gente para poner en cuarentena el centro comercial. Lograron de apagar la entrada del cine, pudieron entrar, pero no se veía nada, todo era niebla de color entre gris y negro. Los bomberos entraron.

-Asu, esto es un horno –dijo uno de ellos un poco preocupado.

-No importa, usemos las máscaras. Entremos y apaguemos lo que falta y esparciremos el humo que está concentrado en este lugar.

Apagaron el fuego de la entrada, esparcieron la sala central, ahora faltaba las salas de cine. Poco a poco la niebla se iba, el panorama se fue aclarando, faltaban tres salas,  por ahora no se sabía de dónde provenía el incendio y mucho menos la explosión. Los policías estaban investigando y otros haciendo guardia. Los bomberos ya terminaron de esparcir por completo el humo y el fuego ya se extinguió. El proceso duró más de dos horas.

Hallaron a cinco muertos. Algunos de los empleados se escondieron en los cuartos de oficina, uno murió junto la explosión, otros quemados por las llamas que se esparcían en sus cuerpos, unos asfixiados por el humo negro y tóxico proveniente de las sillas, y pues, Joel, de él hasta ahora no sé sabe. Estaban identificado la cantidad de personas que asistieron  al cine y confirmaron que solo había dos desaparecidos. Faltaban dos salas por revisar para después confirmarle a la prensa lo sucedido.

Los bomberos empezaron a escudriñar, viendo qué otra alma estaría salvada para después llevárselos a emergencias. Al entrar en la sala seis, el lugar estaba todo quemado obviamente pero, había un bulto entre todas las sillas. Ellos fueron a buscar entre todas las sillas alborotadas por la explosión, sacando silla por silla, y después notaron algo extraño, había algo negro entre las sillas, una masa negra, no tenía el color de la piel que es suave y esponjoso, más bien era áspero y tosco.

-¿Qué es eso?

-No sé, hay que seguir sacando sillas, apúrense.

 Ya faltaba poco para quitar todo el peso. Además de que tenían la obligación de hacer, querían saber qué cosa era, y después de terminar su trabajo, vieron una forma fetal, envuelto entre costras, abrazando sus manos por todo el cuerpo, en una posición retorcida como si se hubiera movido cada parte de su cuerpo a lados opuesto y al mismo tiempo. Después de dos minutos de fijarse con atención qué era, uno se acercó y percibió que era un rostro, por ver los orificios de sus ojos que estaban envuelto de carbón, el cuello parecía más pequeño, de por sí, todo su cuerpo parecía haberse encogido a una mancha negruzca como si fuese una cucaracha muerta que se achica en sus últimos minutos de vida.

-Encontramos a uno, falta otro –dijo uno de los bomberos.

-Ya hemos buscado en toda las salas. La revisión se completó.

-¿Entonces?

-No sé dónde estará el último. Hay que decirle a la prensa ya toda la información.

-¡Pero falta uno!

-Le diremos que hay un desaparecido.

-¿y quién será?

-No sé, quizás nunca lo sabremos.

17 de noviembre del 2016

Nombre: Erick Hernández
Facebook: El antropófago imaginario